martes, 23 de abril de 2013

Michi, un ratón con mala y buena suerte

                                     MICHI, UN RATÓN CON MALA Y BUENA SUERTE

     En un hermoso campo cerca de la ciudad, habitan una familia de ratones: papá ratón; mamá ratona y Michi, su pequeño ratoncito.
     Michi y su familia son muy felices en aquel lugar. Viven en armonía con sus vecinos ratones y demás animales silvestres.
     Hasta cuando empezaron a llegar unas máquinas gigantes. Estas lo están tirando todo lo que encuentran a su paso: árboles y cultivos.  

      Hay rumores de que aquí construirán un enorme casino. Lo cierto es que todos los habitantes tienen que abandonar este lugar.
      Michi.- ¿Por qué irán a construir un casino aquí? A nosotros no nos gusta apostar.
      Papá ratón.- Hijo, no es para nosotros. Es para los humanos, a ellos les gustan esas cosas.
      Michi.- ¿Los humanos son insensatos?
      Papá ratón.- No todos, solamente los que tienen mucho dinero.
      Michi y su familia son originarios de este lugar, desde varias generaciones. Motivo por el cual se resisten a abandonar, y eso que les invitan los vecinos que se van marchando poco a poco.
      Vecinos.- Aquí, ya no se puede vivir, vámonos con nosotros. Al otro lado del río, dicen que hay unos grandes trigales.
      Papá ratón.- Gracias por la invitación. Nosotros estamos arraigados a esta tierra, encontraremos un rincón donde vivir.
      Vecinos.- ¡Tendrán cuidado! Pueden aplastarles, esos horribles gigantes amarillos.
      Las máquinas lo han tirado todo. Ya no encuentran ni una sola semilla para alimentarse, ni siquiera un agujero donde guarecerse. Una gran planicie de tierra ha quedado, no hay nada verde. El viento levanta mucho polvo, que no les deja ver, ni respirar. No les queda más, que abandonar su querida tierra.
     Emprenden el viaje muy por la mañana. El equipaje es ligero, uno que otro recuerdo y una parada de ropa, la que llevan puesto.
     Los alimentos lo buscarán en el camino. Y si les coge la noche, pedirán posada en las casas que encuentren al paso o se acomodarán en cualquier agujero.
     De todas maneras están acostumbrados a vivir en escondites: por culpa de los gatos; de las aves que están en el cielo y demás animales, que les quieren hacer su comida.
     Ha llegado la noche y en el camino no encuentran casa alguna. Un agujero en el tronco de un árbol, les dará cobijo para pasar la mala noche.
     Al día siguiente, muy por la mañana continúan el viaje. El río ya se ve y Michi sale corriendo, para llegar primero. Sus padres no pueden correr tanto y se quedan un poco rezagados. Cuando del cielo baja un águila y se los lleva.
     _ Michi, cuídate.- Gritan los padres desde el cielo.
     _ ¡Mamaaa, Papaaa!- Exclama Michi.

     Michi  no puede hacer nada, solo queda mirando como sus padres desaparecen en el horizonte. Un par de lágrimas bajan por sus mejillas y se sienta en una roca muy desconsolado. Se pone a pensar que va a ser de su vida, ahora que se ha quedado sin sus padres. Continuar el camino no puede, porque tiene que cruzar el río y todavía no sabe nadar. Regresar tampoco, porque atrás no queda nada, solo los gigantes amarillos.
     Una ranita está muy contenta nadando, lo ve y se acerca.
     _ Croac. Hola, ratoncito. ¿Qué te pasa, por qué estás triste?
     _ A mis padres se los llevó un águila y me he quedado solo.
     _ Croac. Lo siento. ¿Y ahora, qué vas a hacer?
     _ No lo sé. Con mis padres estábamos yendo para el otro lado del río. Pero no sé nadar y no puedo cruzar el río.
     _ Croac. Yo te ayudaré a cruzar el río. Súbete en esta hoja y yo te empujaré hasta la otra orilla.
     _ ¿Si me caigo, me ahogaré?
     _ Croac. No lo permitiré. Yo nado desde que nací.
     Subió Michi a la hoja y en pocos minutos ya estaban en la otra orilla.
     Michi le agradeció a la ranita por el favor y continuo el viaje. La ranita se quedó muy triste, en pocos minutos se han hecho muy amigos.
     Los trigales no estaban tan lejos y llega enseguida. Hay comida en abundancia y muchos ratones.
     Una pareja de ratones que habían perdido a su hijo, lo adoptan y Michi vuelve a tener nuevos padres, pero él nunca olvidará a sus verdaderos padres.
     Michi es muy feliz en el nuevo hogar y ya tiene amigos, otros ratoncitos. Pero siempre se acuerda de la ranita bondadosa que le ayudó a cruzar el río.
     Casi todos los días, Michi va al río a visitar a la ranita, ella le está enseñando a nadar. Un día de esos que le va a ver, no lo encuentra.
     El verano ha llegado y el agua del río se ha secado, motivo por el cual las ranas se han mudado.
     Michi se siente muy triste, porque su amiguita se ha marchado. Sus padres lo consuelan y le dicen, que cuando llueva, volverán todas las ranas.
     Se acerca el invierno y empiezan a caer las primeras lluvias. Michi se pone muy contento, espera a que escampe y va corriendo al río en busca de la ranita. Poco a poco va llenando el caudal del río y las ranas ya están llegando. Pero Michi no encuentra a su amiguita.
     Al día siguiente, muy por la mañana vuelve a ir al río. Todavía no aparece su amiguita, él lo espera toda la mañana junto al río.
     Es la hora de volver a casa, cuando escucha una voz que lo llama.
     _ Michi, espera.- La ranita con sus padres, acaban de llegar.
     _ ¿Dónde estabas? Vine a verte y no te encontré.
     _ Pensaba decirte que nos íbamos a machar. Pero el viaje lo hicimos de pronto, por ir igual de mis tíos y primos.
     La ranita salta al río y empieza a cantar. Le acompaña Michi.
     En este hermoso río cantaré
     Con Michi, mi amigo ratoncito
     Mientras dure el invierno
     Cantaremos y saltaremos del contento.
     Y así pasaban todos los días. Hasta cuando las nubes empezaron a desaparecer, el sol ya calienta con fuerza y el agua del río se ha secado.
Michi y la ranita, se despiden con un abrazo.
Hasta el próximo invierno.


Autor: Noé Navas Lascano



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